El traductor indiscreto

Cataluña a ojos de los francófonos

España: Cataluña leva el ancla

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FRANÇOIS MUSSEAU* | Libreration | 4 de diciembre de 2013

En Sant Vicenç dels Horts, cerca de Barcelona, ya se vive muy lejos de Madrid. En toda Cataluña, favorecido por la crisis, el independentismo va ganando terreno.

Es un día de fiesta en esta pequeña ciudad dormitorio de 28.500 habitantes, a unos veinte kilómetros al noroeste de Barcelona. El correllengua es una iniciativa anual del colectivo ciudadano Coordinadora d’Associacions per la Llengua Catalana (CAL), que lleva de ciudad en ciudad una llama, símbolo de la “resistencia cultural” catalana. Hacia las 11 de la mañana, bajo un suave sol de otoño, se forma un coro ante la llama para entonar a pleno pulmón “Els Segadors”, el himno nacional catalán, inspirado en una antigua canción popular que hace referencia a los injustos tributos impuestos por Madrid en el siglo XVII.

El himno es el pistoletazo de salida para una serie de festejos que durarán hasta bien entrada la noche: se bailan sardanas, se degustan productos típicos, se erigen los célebres castells, esas torres humanas a las que participan hasta los más pequeños, y según la tradición de los diables, la colla “Àngels diabòlics” pone en marcha un mamut articulado cubierto de lana del cual salen petardos disparados y bajo el cual los más jóvenes se lo pasan en grande y bailan y dan gritos. En un ambiente campestre que puede evocar a las películas del famoso director francés Jacques Tati, descubrimos un concentrado de la cultura popular catalana. Sin embargo, a pesar del ambiente de fiesta mayor, las actividades se viven con intensidad y disciplina.

“España, el resto de España, parece lejano, ¿verdad?”, comenta Imma Prats, concejala de cultura. En la voz de esta joven morena suena la satisfacción de haber superado el reto de “catalanizar” el municipio. Nada que ver con las provincias de Lleida o Girona, donde esa cultura milenaria está muy arraigada: la ciudad de Sant Vicenç dels Horts, con sus edificios feos y deteriorados de los años 60, sin apenas patrimonio histórico, acorralada entre una autovía, una nacional y una vía de ferrocarril, es característica del cinturón, una gran área alrededor de Barcelona habitada mayoritariamente por personas que emigraron hace tres o cuatro décadas del sur de España. Así, un 70% de sus habitantes habla castellano y, en el mejor de los casos, chapurrean algo de catalán.

“Desde el Ayuntamiento se ofrecen cursos de lengua”, continua Imma Prats. “La inmersión cultural lleva tiempo; hemos bregado muchos años y ese trabajo da sus frutos”. Prueba de ello es que, después de treinta años de dominio socialista, contrario a la independencia, el municipio quedó en 2011 en manos de Esquerra Republicana (ERC), un partido que promueve la independencia y que, en coalición con CiU, el partido democristiano que ostenta el gobierno autonómico, ha anunciado un referéndum de autodeterminación para el 2014, a pesar de que desde Madrid se haya puesto el grito en el cielo.

Un país que controle su destino”

Esa perspectiva emociona a Montse Siñol e Iván Barquero. De entrada, tienen poco en común. Ella tiene 54 años, trabaja en la administración, es de familia catalanohablante y su padre falleció durante la guerra en el campo de concentración de Argelès. Él tiene 36 años, es técnico en Canon, de origen castellanoandaluz y tiene una madre ultraespañolista. Sin embargo, Montse e Iván comparten un mismo sueño: la independencia. Ambos viven “en catalán”: la radio (Rac 1 o Catalunya Ràdio), la tele (TV3), las lecturas, las actividades culturales… Ambos se congratulan porque las plazas de toros de la cuidad no se usen desde la prohibición de las corridas —según ellos, un símbolo de la “España rancia”— decretada por el parlamento catalán en 2010. Pero eso ya no les basta, quieren emanciparse completamente del resto del país, “vivir en una Cataluña soberana” (Iván), “en un país que controle su destino” (Montse). Ambos están en el paro desde hace poco y creen que así mejorará su situación. “En Cataluña, se hacen mejor las cosas, con más seriedad”, insiste Iván. “Lo llevo percibiendo desde la escuela. Además, nuestra cultura es diferente, más flexible, menos limitada, menos agresiva. De verdad, lo mejor es divorciarse y después ser buenos vecinos”.

Ellos dan vida a la rama local de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) en Sant Vicenç dels Horts, un colectivo separatista que cuenta con 40 miembros y 200 simpatizantes. No está nada mal para una organización nacida en marzo de 2012. A nivel de Cataluña es ya un colectivo considerable, con más de 50.000 socios de los cuales 20.000 tienen derecho a voto, y 600 asambleas locales —es decir, presente en dos tercios de los municipios catalanes—. Ningún socio de la ANC puede ocupar ningún cargo en ningún partido político y la independencia económica de la asociación es absoluta gracias a las aportaciones de los socios y también al merchandising. La ANC aspira a ser un movimiento ciudadano, transversal —hay representantes de casi todas las profesiones— y sin afinidad política. Una especie de vanguardia de la lucha independentista en una sociedad que, desde hace mucho, se caracteriza por una militancia activa.

Ahí reside la singularidad del movimiento separatista catalán: a diferencia de lo que ocurre en Quebec o Escocia (que se ven desde Barcelona como los modelos principales), aquí la sociedad civil tiene más peso que los líderes políticos. “Nosotros vamos varios pasos por delante. Sin nosotros, la llama independentista se habría extinguido hace mucho”, asegura Jaume Marfany, que trabaja en el Consorci per a la Normalització Lingüística y es uno de los hombres fuertes de la ANC. Nos recibe en su sede de 2.000m2 en Barcelona, cerca de la Sagrada Familia. “Nuestro movimiento no tiene equivalente en ningún otro lugar. A nivel europeo es, sin duda, el proyecto colectivo que suscita más entusiasmo. Y eso en plena crisis económica”.

En los últimos años, la sociedad catalana se ha ido distanciando considerablemente de Madrid. Según una reciente sondeo de la Generalitat (el ejecutivo de la región), el 54,7 % de los 7,5 millones de habitantes de Cataluña están a favor de la independencia (frente a un tercio en 2005) y el 80 % aprueban la realización de una consulta. El desencadenante principal de todo esto fue la enorme manifestación de protesta de julio de 2010 en Barcelona, después de que el Tribunal Constitucional redujese a la nada el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña. Un terreno fértil, arado por la crisis económica, que ha hecho germinar a la ANC.

En 2012, a propósito de la Diada, la “fiesta nacional” del 11 de septiembre, la ANC organizó una marcha multitudinaria que obligó al presidente autonómico, el nacionalista Artur Mas, a prometer una consulta. Y lo mismo ocurrió en la Diada de este año con la organización de la Vía Catalana, una impresionante cadena humana que atravesaba Cataluña de punta a punta, desde los Pirineos hasta Tarragona.

“Hace trescientos años que intentamos encontrar nuestro sitio dentro de España”, dice Jaume Marfany. “Lo hemos intentado todo, de forma tolerante y constructiva, pero no hay manera. Ha llegado el momento de decir ‘basta’”. Las protestas son, sobre todo, de orden económico. Según los independentistas, el sistema español de financiación perjudica a Cataluña, la región más dinámica, dado que aporta un cuarto del PIB español, y puede implicar una pérdida de 16.000 millones de euros al año. Desde Madrid se reduce esta cifra a la mitad.

Que el Gobierno central haya invertido poco aquí aumenta el malestar: las autovías son de pago, mientras que son gratuitas en el resto de España, a excepción del País Vasco; las infraestructuras, vetustas; el aeropuerto de El Prat, abandonado a pesar de estar más concurrido que Barajas, el de la capital; el corredor mediterráneo, sin desarrollar; el centralismo de Madrid… “Todo esto no son más que barbaridades. Un ejemplo: muchas veces un coche fabricado aquí tiene que pasar por Castilla para poder venderse. ¿Cómo puede un país marginar a su región más fuerte?”, exclama Oriol Junqueras, líder de ERC y alcalde de Sant Vicenç.

Un “nacionalismo obligatorio”

Ricard Rosenfeld, un farmacéutico de origen germanohúngaro criado en un entorno franquista, se ha sumado a las protestas nacionalistas. No cesa en su enfado por la reciente ley que destrona el catalán como lengua vehicular en la escuela en pro del castellano: “Es un atentado a nuestra libertad, a nuestra cultura”. Su hija Anna, que no se ha perdido ni una sola manifestación de la ANC, abunda en la misma opinión: “Madrid nos obliga a justificar el hecho de hablar otra lengua. Algunos me preguntan incluso si hablo catalán por la calle. ¡Pero si es mi lengua, mi riqueza; no han entendido nada!”

Desde luego, no toda Cataluña apoya la gran oleada independentista. Más allá de las dos formaciones políticas “españolistas”, el Partido Popular y el Partido Socialista, la formación Ciutadans, que ha ganado apoyos y tiene 9 diputados en el parlamento autonómico, es una muestra de que mucha gente manifiesta su rechazo al independentismo. Ese es el caso del profesor de derecho constitucional Francesc de Carreras, uno de los fundadores de Ciutadans: “Aquí vivimos bajo el reinado de una especie de nacionalismo obligatorio y de una presión mediática que quieren hacernos pensar de la misma forma y proclaman para Cataluña el ridículo e infundado estatus de víctima”.

De vuelta en Sant Vicenç dels Horts. Allí el espectacular ascenso del separatismo no es tanto una cuestión de lengua, ya que casi tres cuartas partes de su población no hablan catalán, sino que está sobre todo relacionado con el miedo al futuro, en un momento en que la tasa de paro ha alcanzado el 23 %. Cada vez hay más desconfianza en el Gobierno central, considerado ineficaz, y se apuesta por una nación catalana, que se percibe como más cercana y capaz.

Hijo de emigrados andaluces, afable y locuaz, Manolo García, de 49 años, se siente plenamente español, le apasiona el Real Madrid, no habla ni una palabra de catalán y nunca había prestado oídos a los cantos de sirena independentistas. Pero en 2011 cambió de bando cuando su empresa de fibra óptica, Fercable, les amenazó con un ERE a él y a otros 95 trabajadores. “Solo los separatistas se movilizaron para salvarnos y evitar la deslocalización. Y funcionó. Comprendí entonces que la independencia era la única solución para luchar contra la crisis y la globalización”.

*Enviado especial a Sant Vicenç dels Horts y Barcelona

Traducción: Sander De Meyst, Francesca Nicolau, Irene Reig, Marina Renovell, Esther Rodríguez, Sandra Simoncini, Amaya Tejería, Anna Valor, Annelaure Vancutsem, Sofie Yde y Tania Zamorano

Edición: Rita Fortea, David Mallén, Sandra Simoncini y Anna Valor

Texto original en francés:

http://www.liberation.fr/monde/2013/12/04/espagne-la-catalogne-prend-le-large_964176

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